Artículos publicados en julio, 2014

Campamentos de verano: ¿debo consultarlo con mi expareja?

Martes, 29 de julio de 2014

Juan José Alonso Bezos

Editor (Área de Derecho Privado)

Thomson Reuters

Voy a aprovechar mi primera incursión en este espacio llamado “ius civile” para reflexionar sobre un tema que, no por recurrente, deja de plantear numerosos conflictos en la práctica, tanto para los progenitores como para los profesionales que, día a día, deben ilustrar a sus clientes sobre el alcance de sus derechos y sobre la forma de esgrimirlos. Se trata, como no, de aquello que puede —o no puede— hacer un progenitor por el sólo hecho de tener atribuida la custodia de un menor.

No pretendo con este post decir cuál es la forma correcta de actuar de un padre o de una madre en el cumplimiento de su responsabilidad parental (ya sea ejerciendo la guarda y custodia, ya sea disfrutando de su régimen de comunicación con sus hijos), sino invitar a la reflexión sobre el porqué —a mi juicio— se plantean los problemas, surgen las dudas e, inevitablemente, se acrecientan las diferencias entre los progenitores, lo cual va a repercutir negativamente en el menor. Y es que, si bien no hay dos casos iguales como no hay dos familias iguales, sí creo que la raíz de los problemas es siempre la misma: la incapacidad que tienen muchos padres para dejar a un lado sus diferencias, asumir que su hijo también lo es del otro y que este otro, de entrada, debe participar en la toma de ciertas decisiones referentes al niño.

Es evidente que —en circunstancias normales— ambos padres van a ostentar conjuntamente la patria potestad del menor (arts. 154 y ss. del Código Civil), ese conjunto de derechos y deberes que tienen los padres para tomar decisiones elementales y representar a los hijos y a sus bienes y, es evidente también, que hay una serie de actuaciones que no suelen presentar problema a la hora de “encuadrarlas” dentro de la patria potestad, de forma que está (más o menos) claro que requerirán el consenso de ambos progenitores para llevarse a cabo: es el caso de las intervenciones quirúrgicas, los viajes al extranjero, las cuestiones religiosas o ciertos cambios de residencia, por poner algunos ejemplos. Los Tribunales suelen hablar de “decisiones trascendentales para los niños que excedan de lo que es el desenvolvimiento habitual de la vida cotidiana” (vid. SAP Murcia, 24-7-2000, SAP Madrid, 29-12-2001) para delimitar cuáles son esas  decisiones que requieren el consentimiento de ambos progenitores.

Igual de evidentes parecen aquellas actuaciones —cotidianas, del día a día— cuya decisión compete al progenitor custodio, sobre las que no me voy a extender. No obstante —y aquí está el problema— , como en todos los aspectos de la vida, hay una gran zona gris en la que, por ejemplo, no está claro, de entrada, si pueden tomarse decisiones unilateralmente por parte de uno de los progenitores. De entrada, estoy pensando en los campamentos de verano, aprovechando la época en la que nos encontramos. ¿Puede uno solo de los padres enviar a su hijo a un campamento de verano durante el período vacacional que tiene consigo al menor? Los tribunales suelen hablar —para “encuadrarlas” dentro de la capacidad de decisión de aquel que ostenta la custodia— de “las cuestiones relativas a las actividades extraescolares y asistencia a convivencias” (vid. SAP Asturias 22-2-2003).

Aunque este tipo de pronunciamientos podría dar a entender que la decisión de enviar a un niño al campamento es competencia exclusiva de aquel progenitor que ostente su custodia, en mi opinión se trata de un supuesto que requerirá la autorización del otro progenitor, ya que el campamento implicará para el menor un cambio de residencia (temporalmente) y un sometimiento a nuevas pautas y directrices, al igual que sucede con los cambios de colegio, donde la casuística es interminable: público o privado, laico o religioso, etc.

En definitiva, habrá decisiones judiciales para todos los gustos, pero no debemos olvidarnos de que el juez de turno sólo es un tercero que nunca va a poder dar una solución tan satisfactoria como la que podrían adoptar los padres de un niño a poco que se pusiesen de acuerdo y antepusiesen el bien de éste a su propio ego. Y es aquí donde quería llegar, a llamar la atención sobre el que yo creo que es el problema de fondo, que no es la indefinición de según qué conceptos, sino la falta de ganas de muchos padres de ceder y de anteponer el interés del menor al suyo propio bajo la creencia de que si cede, no cede en interés del menor, sino en beneficio de su expareja. En un clima (frecuente en la práctica) de crispación y animadversión mutua entre ambos padres, que no les deja —o no quieren— ver que las decisiones deben tomarse pensando en el bien del menor y no para ganar su particular guerra, la mayoría de estos asuntos de la zona gris, van a ser  denunciados en comisaría para que, al final, quede para el recuerdo del niño un historial de denuncias entre sus padres con él como excusa.

Relaciones paterno-filiales